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Impronta en las dunas

En tierra de nadie.

En tierra de nadie.

    En ocasiones los muertos visitan nuestros sueños con un pálido baño de culpa. Los recorren como para borrar algo, reparar disonancias. Deambulan sus calles asimétricas, se confunden en su caos de formas y consultan ese extraño reloj de los que están fuera del tiempo. Antes de que nos despertemos, se transforman en una criatura simpática. Ese amanecer apreciamos lo bueno que fueron y compartimos perdón ante la luz que avanza.

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2 comentarios

Abel German -

El problema es que tus muertos son los míos. Por eso lo que dices es como si yo lo dijera. Y esa complicidad real (no literaria, que es otra forma de realidad) me incapacita. Sobre todo cuando la imagen que incluyes, y que forma parte del conjunto, es la imagen que es: la de nuestro muerto principal. ¿Hay algo que perdonar?
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Carlos Alberto -

Llevo noches sin soñar, que es como dormir mirando el falso techo en noches de insomio aturdido por los grillos. Aqui no hay grillos, y la tierra con cruces, aquella comprada en el lejano 1933 comienza a saturarse de huesos de una misma rama. El arbol, envejecido, no solo deja caer sus hojas, también se parten facilmente sus ramas. El arbol desaparecera y la tierra de nadie que nos ofreces faltando cinco minutos para el mediodia, me acuerda una dicha, la de pensar en mis muertos. Y aunque llevo noches sin soñar, reconozco que son ellos quienes me han sugerido dar cuerdas al reloj, el que vivimos, que avanza sin manecillas, solo con brazos faltos de abrazos. Esta noche, cuando vaya a la cama, lo haré siguiendo el perdon que propone una tierra sin dueños.
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