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Impronta en las dunas

TERROR SIMPLE

    Adjetivos caducados, salivan ante una luna manoseada que se ofrece al desplume en una página. Un poeta raspa gerundios y los esparce, un ave se derrite en el altar de los conquistadores, adorada por las ranas que croan una coral vespertina. Dentro de mí cosquillean los reptiles que miran con nostalgia al agua. Sobre mis dos pies oteo otras fronteras y las dunas se encharcan en la agonía de un océano nunca recordado. Presiento, con un terror simple, otro salto que nos relegue al subconsciente de las máquinas.

Arena y caravanas.

    La arena, receptora de ocasos, es arrastrada al baile y agrisa el cielo; el mar se deja seducir por los tonos tristes. El cielo, el mar, la arena, cruzan a través de mis ojos y las caravanas de espectros de un futuro que no me pertenece. No hay más oasis que este instante en que escribo y me someto al embrujo de las palabras. Llegué hasta aquí en una de esas caravanas, hija de otros vientos y otros espejismos. Ahora sólo espero.

Volvían

Volvían desnudos al alba

untados de convenida perversión

Reían como gatos posesos en las azoteas

Arañaban dimensiones que han descuidado los dioses

retazos de inmortalidad en las arrugas del tiempo

Saboreaban el espacio a golpe de roces procaces

adjetivaban los suburbios como poetas noveles en éxtasis

y se ponían húmedos y vulnerables

Entonces se vestían para volverse ordinarios

luego de blasfemar contra el despertador.

Agonía de la cigüeña

    Extracto de vuelos grises

   Esencia de miradas íntimas goteadas tras el insomnio

   Elixir de temblores de párpados en las negligencias del sueño

    Receta para un poema lesivo recitado por el viento en los campanarios

                                                                                el viento perverso que acecha a los desamparados en las fronteras del frío

    Las campanas presienten que han de doblar hasta el cansancio

    y el doblar se hará repique en la orgía de los espectros

    Una cigüeña moribunda sueña sures en su agonía

                                                las alas le tiemblan como párpados.

Se curva la tristeza.

    Se curva la tristeza por gravitación extrema y se congela sobre los segundos, se derrama el gris por los senderos de la casa vacía con el silencio del canto de los pájaros muertos. La grava, íntima, dialoga con sus pasos. La proximidad de las convergencias abre una tregua que parece definitiva, todos los conflictos, las gratificaciones, el injustificaddo asombro, comienzan a ser reenviados a los herederos. Esta cita es consigo, en el salón de los espejos mudos. El universo todo cabe en esta paz melancólica, en esta voluntad de resumen sin valorizaciones. La nada menstrua.

 

A Francesca Woodman con estupor.

    Andestdi vio una vieja ventana de madera, abusada por los años y sus vaivenes. Una ventana, en lo alto, sobre las dunas, empotrada en la transparencia. Madera. Un enigmático flash iluminó las dunas y el cuerpo evanescente de una joven saltando desde la ventana. Se sintió negativo de una foto diabólica que robaba el alma a la que se empeñó en vivir en las imágenes y se eternizó, fragmentada, en las galerías. Se estremeció con una rara mezcla de terror y tristeza, desnudo ante la mirada rota de la muerta esfumándose en la arena.

Acudo con harapos.

    Acudo con harapos de meditación al círculo de los iluminados. Cada uno situado bajo su estrella con la convicción de que su luz es la verdad. Así, medio desnudo, ocupo mi puesto de modesta vela que chisporroteante se consume. Parpadeo moribundo, cercanía que hace palidecer a las lejanas luminarias. La verdad es una temblona fugacidad de animados fantasmas danzando en tenue calidez para diluirse en lo osccuro.

El que andas buscando.

Si puedes escuchar más allá de la tristeza, de esa oquedad sostenida por

lejanías y rechazos, por ese extraño azul pálido entre nubes y pájaros

desarrapados

                        si puedes escuchar sorteando los olvidos y los flecos de memorias

como oraciones tibetanas musitadas por el polvo

                                                                                        si puedes escuchar los sones

de tantas ausencias parciales o definitivas, sollozos de espino blanco y

solemnidad de féretro

                                         escuchar el acorde mutilado de la cuerda rota, la agonía

del compás y la monótona tristura del trovador triscando crepúsculos entre las

ruinas

            si puedes además ver como se rebela la geometría en la ausencia de los

abrazos y sientes sed de ojos, una famélica obsesión por otros rostros y el eco

opaco de pasos en los resquicios del abandono

                                                                                        eres seguramente el que

andas buscando...

                                  pero estás ausente.

Suelta palomas.

    Suelta palomas en el yermo de tu desvelo y descifra sus trayectorias. Todas son legítimas e infalibles. Te dormirás en un mar de símbolos como si despertaras. Las carcajadas de Freud te devolverán al lecho como un niño que busca la teta para saciarse y se descubre desamparado en un rincón de la noche. Te dirás que tal vez no eran palomas. Sí que lo eran.

Noches perfectas.

    Hay noches perfectas para describir el día.

    Son noches de una transparencia inusual que se desbordan de sueños

    sueños luminosos como relámpagos

    relámpagos aromosos

                                               lentos

                                                           como reclamos de una obsesión.

    Todo se torna convicción y es posible morirse para despertar.

    Son noches corrientes para los amantes de los gatos.

Noche de Sanhain.

    Miró al cielo y creyó ver miles de hogueras en la noche. Un libro de fuego alimentándose del espíritu de miles de robles milenarios. Sintió como lo penetraba el poder de la naturaleza calma, la que llega más lejos sin pies ni alas para atesorar la fuerza y clarividencia de lo ignoto y se acurrucó en el ombligo del mundo. Entonces escuchó o presintió la Voz:

    Arden los robledales. Los druidas abren sus ojos y hojas para ver más allá de los que están y los que se han ido. Niños monstruosos, famélicos, recorren las calles y aporrean las puertas atrancadas. Este aquelarre el frío se quita la máscara y nos enseña el rostro. Las calabazas huecas tienen las velas apagadas y nos dejan desamparaddos en los caminos. Esta noche, mejor no abrir cuando alguien llama y puede que seamos los que estamos tocando. Arden los robledales.

La ciudad de arena.

    Andestdi se vio caminando por las calles de una ciudad de arena, justo la ciudad que sigue a los apuntalamientos y derrumbres. Calles con edificaciones sostenidas por la frágil argamasa del recuerdo, donde destellos de memoria hacen de intermitentes en los semáforos con las omisiones del olvido. Sombras de bolero y alcohol, murmullos de transgresiones a la vera del mar. una extensión de arenisco silencio amordazando multitudes. Jadeos de consignas en pos de un futuro yaciente en la ciudad-cementerio.

    Andestdi murmura:

                                           Una vez me dijeron que la Era estaba pariendo un Corazón y me lo creí...¡pero abortaba!

                                           Luego quedó estéril con un perenne embarazo psicológico.

                                          Hoy la Era sigue mendigando una semilla en la puerta de la Catedral de Arena.

                                          Los turistas le hacen retratos con sus artilugios digitales, quieren un recuerdo. Algo en el color del cansancio, pronostica una gran tormenta.

                                          La arena es volátil.

La sombra del Sol.

    Una palmera solitaria junto a un derruido muro de piedra. Un pozo, enarenado,sediento.Bajo la palmera los huesos de una paloma y támaras. Una voz tierna del viento que dice:"Tengo hambre de agua". La imposible sombra del Sol que gotea en un mediodía estancado. El peregrino que llega, sonríe.

Aviso para peregrinos.

    Mientras las dunas se mudan, el peregrino del desierto no sabe en que instante puede convertirse en extranjero o cuando se encontrará un dromedario solo  regresando por las invisibles huellas de su extinta caravana. Ajenos a las fronteras se limpian con la abrasiva caricia de las tormentas de arena, los huesos del sueño extraviado.

Se puede gritar todos los atardeceres rojos.

    El hilo descansa más allá del ojo, se descarrila por el lado ubicuo de los que cantan y no lo saben, porque el lodo brilla y los pasos resbalan sobre los deseos y atrapan la voracidad que esconde la falta de apetito. Los espacios abiertos se han puesto el traje del misterio y se puede gritar todos los atardeceres rojos y arrojar al río el cuerpo que nos pertenece sin preocuparnos de las coartadas. Es posible desalojar la culpa sin tortuosos trámites judiciales y dormir transparente sobre las tumbas, como corresponde al espectro del equivocado. No te preocupes porque las estrellas husmeen, son divagaciones de otras épocas en el archivo cósmico, recursos del que no existe para ser advertido. Se necesita el hilo para urdir una conspiración de paranoicos. Siempre nos queda el grito.

Cita en el calvero.

    Andestdi, acosado por las carencias y los excesos entre las dunas  piensa en los amig@s y les comunica un lugar de encuentros, donde se encuentran los amigos aparte del recuerdo:

    Voy creando el camino. Cuando digo yo, los abismos bostezan y una luz parpadea con determinación cuántica. Bilocado derrocho audacia en el país de la poesía y edifico estas súbitas opciones donde refugiarme e invitar a los otros caminantes. El camino, aunque familiar, siempre es otro y constituye la única certeza. Mis acompañantes a veces rezan y Dios, relámpago negro, nos sesga el rayo y nos sorprende. Es cuestión de tiempo.El poema es un calvero mágico para encontrarse. El camino serpea desde dentro.

Serpea en el crepúsculo.

    Desnudez, dunas y una trágica flor en la soledad del desierto. Escucha, dice el tuareg; mira, digo. Podemos entrar,  saliendo a la transparente brillantez de los horizontes ondulados. Una esperanza serpea en el crepúsculo como una puerta. Hay huellas inconclusas en la arena que se muda. La noche nos dice todo lo que puede sobre la muerte.

Ocurre.

    Apaleado por la lesiva postergación de los horizontes y su ácrono despliegue, Andestdi simula escribir en un cielo velado, absurdo, lo que sigue:

                         Ocurre

                                       que estoy triste

                                               me equivoco siempre

                                               me insultan con mi complicidad

                                               confío cuando el mago dice observa

                        Ocurre

                                     que voy a morir sin enterarme.

El mito interminable.

    Somos lo que somos porque hemos sido. El mito es el cuerpo en clave de lo que hemos superado como especie, lo que trasciende nuestros mandatos genéticos y asume formatos culturales para sus mensajes. Es la sugerente forma para expresar las dudas y convicciones de la especie en su despliegue social. Eso lo sabe Andestdi, Yo, y lo expreso en estos deslices sin otra intención que disfrutar del asombro. Un ejemplo:

    El Previsor con su haz de leños donaba incendios a la tribu aterida. Lo miraban con un arrobo difícil, la incomprensión dibuja rostros jeroglíficos, enigmas gestuales con los que se expresa el abismo.Frotad, dijo el Previsor, frotad y llevaos el sol a la cueva y ellos se miraban las manos y sus manos eran torpes como piedras con tentáculos. Es una vieja ciencia, dijo el Previsor, sólo se trata de recordar y serán devoradas las tinieblas, recularán aterradas las fieras y el sueño recobrará su calidez uterina. La tribu, manada verbal, imitó las instrucciones del Previsor y encendió la hoguera y jubilosos danzaron alrededor del sol doméstico que les mordía cuando lo querían acariciar y le alimentaron con ramas secas, troncos y hasta el cuerpo de una muchacha núbil que ardió crepitante y despidió un aroma insoportable para el hambre y la compartieron con el fuego. Pero el sol en su encarnación terrena resultó insaciable y se expandió por las hierbas y luego el bosque. Engendró nubes y lluvias de cenizas.

    En la madre de las cumbres, más allá de la mirada de los hombres, un águila divina se daba un festín de hígado inagotable.

Águila en descalabro.

    La arena es como la realidad, escribir en ella es hacerlo para el olvido. Pero para Andestdi la trascendencia radica en el acto, instante en el que nos sustraemos del caos o lo asumimos como una agradable regularidad que nos consume. Escribe:

    Camino sin pretensiones como águila en descalabro, pataleando aire en esquinas sin señales, bebiendo sorbos de líquido ausente con mis labios agrietados. Pregunto si las fuentes están en orden y todos se esconden en el silencio por si acaso, el miedo ha dispuesto globitos con advertencias en sus pupilas, hay dioses amarrados en los patios y altares agradecidos. Los dioses engordan en la tierra del hambre. Asumo mis convicciones como barricada. Con un rugido argumento la posesión de mi territorio, con gestos delimito su área. El aire los ignora y respiro.