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Impronta en las dunas

Una burbuja de pianos estalla.

    Una burbuja de pianos estalla en la voz de la espuma. El mar se equipara a una pincelada de luz cuando el olfato se satura de distancias y murmullos.Hay una compleja sensación de felicidad en la undosa reflexión que excluye a las nubes. Muchos mares hacen de tu piel un extraño país de emociones. El sol mordisquea los milímetros con sensualidad dactilar. Así, ahora, no me escuchas, no estás,isla dentro de la isla, en cópula con su mar. Celoso y vengativo, me enareno. Los dos, en lo otro, somos una contradictoria unidad que se disculpa, el aplazamiento de un abrazo en un instante de trascendente infidelidad.

Anclados.

    La noche ha escondido la luz en otra habitación. Sólo salpicaduras en el cielo.Tus ojos raptados, declaman calidez en complicidad con la voz, murmullo de ternura que pluvia, húmeda resonancia de tu interior. Acudo armado con mis dedos, amaso tu alteridad hasta convocar el gozo que corre por los suburbios de la noche. La luz es un gemido que brota de tu piel y hace escarceos en tus pupilas dilatadas. Nos vamos a otro mundo, incorpóreos, con la memoria de la solidez, anclados.

A veces un oasis de ternura.

    A veces la ternura me rescata y la aridez recula, se mimetiza tras la fuente con su astucia primordial. Bebo del instante y me reconforto, dunas y dudas pasan a un segundo plano, respiro plácido, aspirar y expirar, el aire tibio me incorpora a la transparencia del mundo. A veces un oasis de ternura.

El ascensor de los perdidos.

    Es una calle en la que las sombras destiñen los nombres. Posee coágulos de espera, donde los perfiles del deseo escandalizan al tacto. Los números de las puertas condensan presagios como escalones de promesas. Pasa una niña sin relieve al amparo de las estatuas, juega, a saltitos, un juego cabalístico que ensombrece el rastro del mañana. Yo me tambaleo ebrio de sueños, harto de beber palabras, balbuceando certezas de idiota a mis fantasmas. Pueden creerme, le digo a los gatos, pueden y las esquinas se acurrucan en sus enigmas para confundirme, los semáforos me hacen guiños de engañosa complicidad y me pierdo en el laberinto urbano, zigzagueando perplejo. Me hago extraño en las domésticas rayas de las aceras y sus vaharadas de fracasos aullando desde las alcantarillas. En una de las torres siento la llamada del cielo. Entro. En el ascensor de los perdidos aprieto un botón y me confío. Es el del sótano, pero estoy cansado. Quizá alguien necesite subir, tal vez.

La lluvia tenía tus ojos.

    Llovía muerte y yo desnudo. Me desperté empapado. Te llamé pero estaba solo y el silencio me arropaba con ternura, con la perversa ternura de tu mirada. La lluvia tenía tus ojos.

Cristal nada.

                                                   "Cristal sueño

                                                     Cristal viaje"

                                                     (Huidobro:"Altazor")

 

                                     ... y las pedradas anónimas

                              desmiembran el sentido del cristal

                              y lo convierten en heridas de tiempo

                              por las que agoniza el Poeta

                              y hacen se recoja a sí mismo

                              arrojándose al contenedor oportuno del olvido

                              el que está junto a la farola que asombra

                              las disminuciones de los sobrevivientes

                              los que desandan la noche

                              para vaciarse en el ocaso

                              sin reconocerse.

                                                         Cristal nada.

Consuelo de la víctima.

    El tiempo es un gato. Nos gusta tanto su textura  y los arrumacos con que responde a nuestros caricias que olvidamos somos apetitosos roedores. Pero tenemos un consuelo: antes de devorarnos, siempre juega.

Como siempre.

    A veces cuando vuelvo por el camino que no he emprendido, descubro el silencio que me espera. Yo mismo me recibo en la puerta. No me saludo, ni siquiera me pregunto cómo te ha ido, me basta con mirar su tristeza , mi tristeza,  que viene a mi lado como siempre, moviendo la cola por no sé que insana alegría.

Hay una hoguera.

    Hay una hoguera en algún lugar. No la veo, apenas puedo imaginar su resplandor y los espectros de los árboles resucitados por sus lametazos íntimos. Más difícil me resulta reconstruir su calor, ese oasis en la gelidez de una noche en que mis huesos de viejo, atesoran una combinación de dolor frágil y arrugamiento. El humo punteado por pirales que se suicidan, asciende. Está encendida para mí y que lejos estoy, ¡qué lejos!

Yo en el país de las alicias.

    Los relojes lamen mis circunstancias con ensañamiento. Engordan con mi tiempo cual termitas en un viejo caserón de Nueva Orleans. Pero nada de blues, sólo el tictac monocorde y un vaciamiento insomne. Las noches y los días como un parpadeo de la realidad intentando reconocerme. Me he malgastado en pos de un porvenir enraizado en el pasado, consigna que ha hecho del instante un precario escalón de una escalera apoyada en el aire. Sigo siendo un niño de ojos grandes, abiertos a una interminable campaña por fabricar un paraíso de alicias en un laberinto de espejos.   

Ventanas entornadas

    Ecléctico caballo de insípida hondura galopando su miseria en los empedrados. Un jinete lo acosa desde el goteo inacabable del viernes, del hedor insoportable de las ranuras del día y el ocaso vestido de heraldo para ser el oportuno de las esquinas de la noche. Un grilleo en desmesura abre el candado minúsculo de la puertecita de las despedidas. El caballo resopla harto de caminos y se desploma. Aquel, por no mirar, se mastica los ojos y los escupe sobre el crepúsculo; las ventanas entornadas, ven.

Canción pétrea

    Supongo quiero escuchar el canto de las piedras, ese lamento sordo de los olvidados cataclismos. Las huellas se han exiliado en lo común y es imposible deletrear el sentido de sus vetas. Hay demasiada paciencia telúrica detrás de sus formas, como un silencio atemporal preñado de gritos. Será preciso un escultor para arrebatarles el poema. Una amorosa violencia con ojos en los dedos, dedos impacientes de mortal que se resiste. Sólo entonces podré escuchar con los ojos.

Ver sólo con los ojos.

    A veces quisiera ver sólo con los ojos. Ver la realidad desnuda, con toda su carga provocativa, sus incorrecciones. Poseerla y ser poseído. Perderme en su desorientación innata que es la forma de orientarse en su eterna metamorfosis, el caos de sus pulsiones que sin saberlo son las mías. Mi cerebro se empeña en maquillarla para que la ame y no sabe que, precisamente para que la ame, debería desmaquillarse hasta los huesos y más allá, hasta su nada profunda, su útero cósmico, donde se generan todas las pasiones y sus muertes. Seguramente estaré allí, en posición fetal, esperando ser expulsado al Reino del Misterio que curiosamente lleva mi nombre. Puede que de todos modos necesite a mi cerebro para enmendar a mis ojos. Que necesite, en fin, un escudero frente al terror. 

Cuaderno de Bitácora 31 de Diciembre del...

    Me veo en un barco abandonado en un muelle extraño, la última noche de un año en que el abandono echó anclas en las turbias aguas de mis dudas. Bamboleo solitario junto a una ciudad que transcurre al otro lado de mis afectos. Pido auxilio y nadie acude. Es grave. Soy un marinero que no sabe nadar, un pez sin agallas, un raro ciudadano del siglo que aún se emociona con la migración de las aves al atardecer y se debate desamparado ante la magia digital. Quizás no sea difícil saber por qué me han abandonado, otra cosa es comprenderlo.

    Hastiado de gritar, intento conciliarme con mi barco, un armatoste oxidado, con la memoria de mil tormentas de proa a popa, desvencijados camarotes, cabos sueltos y atados, quejidos de la arboladura, la bitácora sin brújula y el cuaderno desencuadernado, el silencio señoreando la sala de máquinas. Creía conocer mi barco, pero no o este no lo es. Algo me confunde,  no sé si sus dimensiones o la falta de complicidad. Me siento cansado, muy cansado, como recién salido de un temporal. Hace frío, más bien viento frío.Busco refugio en el más confortable de los camarotes, el del capitán, abierto como todos y como todos revuelto y con ratas, despreciables pero vivas, una opción cómplice. Me tapo con harapos y me duermo. Sueño con una ciudad a medianoche, la última medianoche del año. Repican las campanas, pitan los barcos, el cielo se engalana con fuegos de artificio y yo la beso a ella en el muelle y contemplamos un barco oscuro que se mece. "¿Por qué lo habrán abandonado?" Me pregunta y no sé que responderle, la vuelvo a besar, se aprieta contra mí "No quiero ser como ese barco", me susurra, "Yo me preguntaría qué ha sido de los marineros" es lo que le digo, la siento temblar. Ella calla por un instante y luego me dice en un bisbiseo, "Es lo mismo". Me despierto. Ululan los barcos surtos, menos el mio, por la claraboya entra la luz de los fuegos, la ciudad toda es un clamor de advenimiento. Subo a cubierta. Mi barco se mueve ha soltado las amarras y se aleja del muelle donde una parejita se besa. Imagino que sigo soñando o que estoy muerto. Tal vez no es imaginación. También puede que estuviera muerto y ahora estoy vivo, resucitado por el abandono. El barco navega de nuevo y la ciudad se difumina en una distante decrepitud. No sé nada sobre la tripulación, ignoro quién es el capitán y quién el timonel. Sólo sé que entiendo las órdenes y creo saber adonde voy. 

La verdad espera.

Hablan los astros con sus tours zodiacales

Hablan los vuelos de las aves y sus cantos

Hablan los caracoles

             el humo del tabaco

             el poso del café

             las velas

             veinticinco agujas en un plato

Hablan las líneas de las manos

             las cartas

             los troncos

             el color de un gato

Hablan los números

            los sueños

            las manchas de tinta

            las huellas dactilares

Hablan el Talmud

             el Corán

             la Biblia

             la Torá

             los hexagramas de un libro milenario

             El Capital del viejo Marx

             Cada uno a su modo

Hablan los poetas y filósofos con sus metáforas

            los científicos con sus teorías

                                          sus ecuaciones

Hablan los papagayos...

Cada cual entiende lo que quiere

y luego habla.

La verdad espera que todos callen.

             

El Maestro Pavesa

    Andestdi se encontró con un espejismo  en forma de Maestro ¿qué cuál es esa forma? La que toman las respuestas cuando deciden adoptar una figura humana. Estaba allí entre las dunas y de todas las sed posibles de Andestdi, una de las más punzantes es la de la verdad. Cuando uno la busca, a veces no repara demasiado en la naturaleza del Maestro.  Por eso se dirigió al anciano y antes de que le pudiera decir nada, este le dijo:

    Si buscas la verdad, ante todo no me hagas preguntas, sin ellas te responderé. Diga lo que diga, no prestes atención a mis palabras, sino a los silencios que las unen.

    Eso dijo y se volvió pavesa.                                                           

El regreso de Jack.

    Llegará como Jack destripando criaturas de la noche, dandi despreocupado que sonríe ostentoso de su enigma, espolvoreando de miedo las aceras apenas reveladas por el reclamo de las farolas. Será en esa ciudad de los desvelos en que como nunca respiramos el desamparo y el universo todo nos oprime con sus zonas oscuras, la eterna sombra que precede y sobrevive las ansias de cada uno. Uno estará ahí, justo en ese lado de la calle, y al día siguiente no podrá leer las noticias.

Tortura desde el pozo.

    Te extiendes como un sudor desbocado, como un lamento de amígdalas en el rumor de la noche. Acudes a una sabiduría cimentada en el sentido esotérico de los improperios, el reptil disertando desde su esencia eónica, con un rencor primigenio contra los pájaros. Sobrevivir es un reto que tortura desde el pozo. Hay una retórica de culpa en los manantiales. Ya no están o nunca estuvieron, las nubes de aquellas lluvias en el año del Diluvio.

Cinco variaciones sobre un Haiku de Borges.

"En el desierto

acontece la aurora

Alguien lo sabe"

I

En el desierto

acontece la arena

Alguien lo vive

II

En el desierto

acontece la espera

Alguien lo sufre

III

En el desierto

acontece la ausencia

Alguien lo llora

IV

En el silencio

acontece la aurora

Alguien lo sueña

V

En el recuerdo

acontece el olvido

Alguien se esfuma.

El despertar de Ra.

    Los mercados con una luz oblicua acechan los apetitos. Un perro arde en el ascua de los olores. Desciende, árbitro inoportuno, un arcángel de oficio que bosteza. El amanecer se desbanda por las callejuelas de las ciudades invisibles, donde los ojos, canicas huérfanas, ruedan su deformación por las búsquedas. El ojo mayor o el menos miope, discierne entre las sombras las provocaciones del alba. Alguien llora la abstracción del llanto, una alegría degradada a cierta licencia erótica. Los pupitres esperan su oportunidad silente con su fría película de polvo. Todo comienza.